EL CAÑON DE BARBABLANCA
Escrito por Patricia Aquino el 23.Octubre.2002
Los nada amigables rayos solares empezaban a asomar cuando caminábamos, mi hermana y yo, hacia el Parque Echenique para reunirnos con el FK. Faltaban cinco minutos para las nueve de la mañana, cuando Kike nos dio el encuentro y grande fue nuestra sorpresa al enterarnos que el grupo se había reducido a solo nosotros tres, en fin, tristes y abandonados abordamos el bus que nos llevaría hasta alguna parte en las alturas de Santa Eulalia.
Luego de una hora de viaje, olfateando aromas poco agradables, apreciando los hermosos paisajes y las enormes tuberías de presión que no dejaban de seguirnos, llegamos a Callahuanca (así se llamaba verdad?), pueblo en el que nos recibió una pequeña Iglesia trabajada en adobe y madera y del cual nos despedimos con un ceviche de carretilla.
Preguntando por la ruta, emprendimos nuestra subida hasta llegar a San Jerónimo de Punan. Era el medio día y las nubes parecían compadecerse de nosotros, al tiempo que le aguaban la fiesta al despiadado dis que astro rey.
Luego de descansar unos minutos y de que Kike nos enseñara, sin prosperar, cómo utilizar su honda, proseguimos hasta llegar a Bellavista donde nos recibió alegremente un hombre en estado etílico, es decir un borracho, quien luego de unos minutos se olvidó de su alegre bienvenida para pasar a recordarnos toda nuestra generación.
Habría pasado media o una hora y luego de prenderme de la campana de la iglesia y anunciar a los cuatro gatos que circulaban por el pueblo que habíamos llegado, nos dirigimos rumbo a Pueblo Viejo, alguna parte alta del cerro donde encontramos ruinas, bien arruinadas por cierto, de lo que habría sido alguna ciudadela incaica.
Pueblo Viejo debió ser fastuoso, así lo indica la imponente muralla de piedra que al parecer rodeaba la cuidad; sin embargo, ahora solo quedan escombros, infinidad de piedras regadas por todo ese perímetro, una que otra pared y especies de bodegas en las que se aprecian las formas originales de las construcciones incaicas, pero que tarde o temprano correrán la misma suerte que las demás edificaciones del lugar. Estas ruinas son dignas de ser apreciadas, pero por sobre todo dignas de ser restauradas.
Con pena y emoción por lo que se erigió ante nuestros ojos, luego de almorzar, abandonamos el lugar e iniciamos el descenso hacia Barba Blanca.
El sol había logrado librarse de las nubes y empezaba a abrazarnos, mientras mi hermana y yo y también Kike resbalábamos innumerables veces en nuestro intento por cortar camino y vencer a la naturaleza. Así, entre caída y caída y entre risas y más risas llegamos al río. Cual es su nombre la verdad no lo sé y si lo sabía lo olvidé.
Resulta que a Kike le pareció buena idea seguir al río hasta llegar a nuestro destino final, así que fuimos avanzando y nos sumergimos en una quebrada fascinante. Durante el trayecto tuvimos que cruzar de extremo a extremo el río cerca de 20 veces, si es que no fue más. Caminamos entre piedras y rocones y nos bañamos de espinas al atravesar la maleza que rodeaba el río, claro que logramos robarle a la naturaleza algunas paltas, manzanas y eucalipto.
Continuamos el pedregoso, espinoso y lodoso camino, al tiempo que los grillos anunciaban la noche, sin embargo el final parecía nunca asomar, aún así proseguimos y volvimos a resbalar una y otra vez hasta lograr derribar al pobre Kike al pasto. Gajes del oficio verdad?.
Luego de unas horas tuvimos que cruzar por enésima vez el río, pero esta vez lo hicimos con zapatos en mano y buzo remangado, el agua estaba helada pero nuestros pobres pies nos lo agradecieron luego.
Al apagarse la última chispa de luz, llegamos a la civilización, un club campestre en Barba Blanca, habíamos vencido, El Cañón de Barba Blanca (así bautizado por Kike) nos decía hasta pronto y nosotros le juramos no regresar jamás.
Esta fue la crónica, de un día de excursión, de tres valientes integrantes del FK.
